miércoles, 9 de junio de 2010

FALACIAS ELECTORALES

miércoles, 09 de junio de 2010



En 2000, los panegiristas de la derecha triunfante extendieron un precipitado certificado de defunción del PRI, bajo el estruendo de una apoteosis política que incluso adoptó a los representantes de la izquierda tras la caída del “muro mexicano” –éstos también festejaron el fin de la hegemonía priísta esperando el advenimiento de una democracia gracias a la cual pudieran escalar el poder más tarde.

Lejos de medir el posicionamiento nacional del otrora partido invencible, manteniendo dos tercios de las gubernaturas y curules y escaños suficientes en el Congreso de la Unión para formar mayoría con los perredistas y contrarrestar con ello a la incipiente administración de Vicente Fox, la dirigencia del PAN dispersó objetivos, celebró la asunción presidencialista de quien presumía haber rebasado a su instituto de origen a golpes de carisma personal, y pretendió que las interrelaciones políticas dejaran de ser turbulentas casi por decreto, esto es por el convencimiento de que, “ahora sí”, los “buenos” gobernaban. La falacia duró un suspiro, la negligencia panista no.

A diez años de distancia de aquella jornada histórica, el PRI está listo para la reconquista de Los Pinos, en 2012, con una arenga que cala hondamente entre la opinión pública: el PAN no ha sabido gobernar y por ello la situación general se ha convertido en una emergencia, con el desbordamiento de la violencia y la crecida de la miseria como puntales de muy altos riesgos. Los panistas sólo se defienden de la andanada de epítetos insistiendo en recordar la corrupción priísta como si ellos, lo mismo que quienes lapidaron a Magdalena, estuvieran libres de culpas; en no pocos casos las nuevas versiones de la inmoralidad pública han sido corregidas y aumentadas.

En 2006, la crispación y la polarización sectaria nos condujeron hacia un enfrentamiento bipolar que sólo menguó con el cansancio cívico y el consiguiente hartazgo de una buena parte de los mexicanos promovido por los medios masivos que invitaron a aceptar los hechos consumados aun cuando las sospechas sobre el desaseo comicial no pudieran ser superadas. Pocos meses después de la llegada de Felipe Calderón a la Primera Magistratura, entre los sobresaltos camarales recordados, éste anunció el fin de la conflictiva poselectoral asumiendo contar, sondeos de por medio, con una mayoritaria aprobación pública. Y lo creyó hasta que la violencia y la delincuencia organizada lo atraparon, sin remedio, bajo los rigores de su agenda militar.

Pasado el cenit de una administración federal severamente cuestionada desde su origen, los mismos que decretaron con premura la extinción del priísmo hegemónico, advierten la pobreza estructural de una izquierda hondamente dividida y de un dirigente, Andrés Manuel López Obrador, cada vez más diluido entre sus incondicionales, a la baja por el desgaste natural de una agobiante resistencia marginal, como síntomas irreversibles de una patología sin remedio. Pese a ello, observan tal perspectiva como parte de una democracia sustentable en la convivencia plural... siempre y cuando los grupos dominantes no cambien... como no cambiaron en 2000.

Desde luego, ni los priístas ni López Obrador están perdidos como adelantaron, hipnóticos ante el éxito circunstancial, quienes se sintieron sus vencedores. Para fortuna del panismo los errores de sus adversarios han sido tan pronunciados y frecuentes como los propios, incluyendo la ausencia de visión de Estado. El priísmo, por ejemplo, sigue en la ilógica de sostener a las viejas mafias, uno de cuyos representantes más sobresalientes, Emilio Gamboa, es beatificado como dirigente nacional de la CNOP. Y Andrés Manuel, convertido en misionero itinerante, sobrellavando las piedras de tantas descalificaciones, no deja de ser referente obligado de cara a la carrera por la sucesión presidencial.

El “misionero” está convencido d que tendrá una segunda oportunidad tal y como expresa en “La Mafia que se Adueñó de México... y el 2012” –Grijalbo, 2010-, aun cuando no explique cómo podrá elevarse por encima de los mismos valladares que se interpusieron a su paso hace cuatro años. Esto es: si los denunciados, tantas veces, gozan de cabal salud y él, en cambio, sufre del mal crónico del mesianismo que le impide ponderar con aplomo político las circunstancias, sobre todo las adversas, no imaginamos como puedan trocarse las condiciones. Mucho menos con el antecedente de 2006 cuando la fuerza de la convocatoria popular no fue suficiente para evitar la asunción zigzagueante de Calderón. ¿O acaso la propuesta es que se desborde?

Los perredistas más avezados coinciden, más allá de las alianzas turbias suscritas en ausencia de firmeza ideológica, en que el “despertar” será imparable. Esto es: insisten en que los movimientos sociales por venir serán fundamentales no sólo para incrementar la militancia de izquierda sino para presionar, cubriendo los espacios que los vacíos de poder han dejado libres y hasta alcanzar los niveles de 2006. En la visión del presente, tal podría suponer una utopía o el libreto para una nueva serie televisiva: “Politizando para Alcanzar un Sueño”.

Debate

Carlos Navarrete Ruiz, quien encabeza la mesa directiva del Senado y acaba de ofrecerse como una suerte de mediador político para alcanzar con este perfil la nominación perredista a la candidatura presidencial, me contó, cuando elaboraba “2012: la Sucesión” –Océano, 2010-, algunas de sus diferencias con López Obrador aun cuando subrayó las cualidades de éste, tales como la devoción al trabajo y la honestidad.

En una ocasión, escuchó decir a Andrés Manuel, cuando clamaba por desconocer al gobierno de Calderón:

--¡Habría que cerrar el Congreso, aunque se mantuvieran las dietas (los salarios) de los legisladores!

Navarrete, entonces, repuso:

--Eso es lo mismo que hizo el general Santa Anna.

Y ciertamente lo hizo en la fase más negra del centralismo autocrático.

--¡No me compares con ése! –exigió López Obrador, casi fuera de sí-.

--Entonces, por favor, Andrés, no hables de ir hacia un poder concentrado, autoritario, con facultades absolutas hasta para cancelar la estructura republicana del gobierno. Eso no se vale –replicó Navarrete-.

Recuérdese que en abril de 2005, el propio López Obrador, al pie de la hoguera legislativa, optó por retirarse, despectivo, de la sede del Congreso al saber que su linchamiento político, y la consiguiente pérdida del fuero constitucional que ostentaba como jefe del gobierno defeño, era inevitable. No esperó el desenlace sino, sencillamente, descalificó a sus adversarios como si no tuvieran facultades para proceder aunque lo hicieran bajo una visión sectaria. El antecedente no era favorable para un entorno democrático. ¿Acaso no era previsible que el propio protagonista, de alcanzar la Presidencia, procediera con el mismo talante para aplastar lo mismo a los legisladores contrarios que a cuantos creyera él habían promovido los “complots” en su contra?

Tal es, sin duda, el gran handicap del mayor líder opositor de la actualidad mexicana. Porque, más allá de posturas altaneras, deben registrase sus agudos errores, entre ellos su inasistencia a los foros en los que debatieron los aspirantes presidenciales, su discurso provocador sin los acentos propios de un estadista, su arrogancia personal –el mayor de sus defectos a decir de quienes lo han acompañado por algunos derroteros-, y su incapacidad para rectificar y asumir la autocrítica como contrapeso a sus propias ansias. No sólo se quedó en el camino por el accionar de las mafias, como él señala, sino igualmente por su cerrazón mental hacia cualquier observación incómoda sobre estrategias y propuestas. Es él y nada más. Por eso, claro, sus incondicionales forman, cada vez, un círculo más reducido.

El Reto

La disposición al sacrificio y, sobre todo, la irreductible cruzada a favor de los pobres del tabasqueño, debieran tener, sin duda, otro sentido. De haberse decidido a ser dirigente nacional de su partido, el PRD se supone aun cuando se observe que ya tiene un pie fuera de esta opción, acaso no se habría producido la división extrema con brotes cismáticos; y si se hubiera inclinado por ganar una posición legislativa, su liderazgo y su voz habrían alcanzado la tribuna del Congreso como elemento toral para frenar los excesos de la derecha y la inoperancia política de ésta. Pero se quedó en la calle y ahora espera, como única apuesta, la resurrección de las masas heridas en cuanto él lo determine. ¿Pero acaso no fue el borreguismo uno de los factores que infectaron al aparato priísta atado al presidencialismo autoritario?

Esa misma actitud le lleva, por desgracia, a no aceptar dialogar con quienes no se presenten como fervorosos simpatizantes. A las interrogantes responde con descalificaciones sumarias; y a las críticas las enclaustra, lo mismo que hizo su odiado señor Fox, en un círculo rojo inalterable. Esa arrogancia es la que contrasta con su proyecto democrático por el cual, de darse éste en serio, sólo el debate daría salud real al entorno político.

¿O es razonable que sólo sea correcta su postura en la misma línea a la vergonzosa prepotencia del gobierno israelí que define como “antisemita” cualquier pronunciamiento, incluso el rechazo mundial a la salvajada de combatir un barco cargado de ayuda altruista para Gaza? Los fundamentalistas, en cualquier espacio, se dibujan a sí mismos.

La Anécdota

--Me temo que Andrés terminará siendo el dirigente de una fracción cada vez más reducida de radicales.

Así lo expresó Jesús Ortega Martínez, líder nacional perredista bajo el flagelo de sus propios errores de cálculo –el último, en pro de “Greg” Sánchez, resultó un auténtico desastre-, al analizar al ex jefe del gobierno del Distrito federal en curso de peregrino contumaz.

--¿Casi un suicido político, Jesús –le pregunté para “2012: la Sucesión”-, luego de haber tocado con la mano la Presidencia en 2006?

--Fíjate: quienes lo impulsamos dentro del partido, nos hemos alejado. ¿Y con quiénes se ha quedado alrededor? Con los extremistas, como Gerardo Fernández Noroña, y los “hijos de Salinas” que ahora son sus incondicionales.

Pero la radiografía sigue estando incompleta. Por esta razón, nos permitimos abundar en la obra citada sobre la sucesión presidencial y sus tormentas.

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